LA ESCUELA.

domingo, 5 de agosto de 2018 0 comentarios
Recuerdo con mucho cariño a mis maestros de la escuela: Estelita en la primaria, Lulú y Lety de la Secu, el Profe Vaca, don Luis Zepeda de la Prepa, al profesor Martín Sauceda en la Universidad… curiosamente fueron profesores sumamente estrictos, formativos en lo referente a sus materias y en lo personal.

Mientras escribía el texto que hoy les comparto recuerdo como incluso en la Universidad me inscribí en un curso extracurricular con el Profesor Martín Sauceda ya que su fama de exigente me angustiaba, era un señor ya mayor, de cabello cano, voz sonora y profunda experto en el área de estadísticas y matemáticas, una eminencia a quien todos además de tenerle un tremendo respeto también le guardábamos cierto temor.

Me fue muy bien en su materia, estudié como en ninguna otra y a pesar de los pronósticos el Profesor Martín Sauceda fue nuestro padrino de generación, pudimos haber elegido a cualquiera: al simpático, a la que nos hizo la vida fácil, al bonachón, pero al final todos llegamos a la conclusión de que el que realmente nos había guíado y hecho crecer en lo profesional y en lo personal a pesar de su estructurada personalidad era él, queríamos ser acompañados por un verdadero maestro.

La Escuela no termina cuando dejas tus cuadernos y libros, toda la vida es una escuela y así es como lo tomo y se los comparto; he tenido la fortuna de toparme después de terminar lo referente a la academia con profesores de vida de todo tipo, seguramente ustedes también y es ahí donde ya se vive un doble papel uno no solo es alumno, todos los días alguien nos enseña algo y uno tiene la oportunidad de regresar lo aprendido.

La vida es un camino de dar y recibir, dar con generosidad y recibir de la misma manera.

Todos los días podemos aprender a: tolerar, respetar, callar si no tenemos algo bueno que decir, hablar si tenemos algo bueno que compartir, pedir disculpas si cometimos un error.

Cada día podemos aprender en esta escuela de la vida un poco más sobre la elegancia de la prudencia, la humildad de un buen saludo,  las llegadas y salidas con dignidad.

La Escuela de la vida nos regala la posibilidad de aprender de nuestros errores, re-valorar lo caminado, emprender nuevos viajes, conocer a más maestros y seguir recordando a los que han pasado por el camino y han sido padrinos de cada etapa en nuestra vida.

La Vida sigue y sigue, no se detiene, por lo tanto esta escuela no cierra, el que quiera aprender tiene acceso libre y el que quiera enseñar nada más necesita buena voluntad.


LÓPEZ- ARRIAGA

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